Todos los días nos juntábamos en la plaza de la villa después de almuerzo,
cada uno con su toalla, y partíamos rumbo al mar, al llegar a la costa y luego
de 20 minutos de caminata, no precisamente porque fuera mucha la distancia,
sino que por lo apasionados que éramos parábamos en todos los lugares que nos
proporcionaran un poco de intimidad para aprovechar algún beso o agarrón
sorpresivo, ¡Cómo me encantaba esa complicidad!.
Ya de frente al mar, nos poníamos a caminar por la costa en dirección al
norte, ya que sabíamos que luego de otros 30 minutos de caminata, esta vez sin
paradas, llegaríamos a algún lugar más privado. Ya podíamos ver la duna que nos
amparaba cada día, llegábamos, y estirábamos una toalla para usarla de cubre
arena, la otra era para cubrir nuestros cuerpos que rápidamente quedaban
despojados de sus ropas. Escondíamos tu bikini y mi short entre la toalla y la
arena y comenzaba nuestra sesión diaria de pasión, como adoraba esos días, ¡Cómo
me encantaba tu cuerpo apretado, contorneado y juvenil!.
Mi parte favorita era cuando para tu tranquilidad, y luego de finalizar
nuestra tarde de descontrol, te ponías sobre mis rodillas y me dabas el número
del día del calendario para recibir tus nalgadas por ser una chica tan pilla.
Te encantaba jugar a ser una pequeña niña mal criada, pero te encantaba más
cuando a fin de mes tu trasero enrojecido era consolado por unas caricias
posteriores al juego, y especialmente cuando perdía mis dedos entre los
misterios de tu cuerpo.
En ese momento abrí mis ojos, y me encontré con esa playa desierta, era temporada baja y los turistas se encontraban en sus labores. Caminé hasta el lugar que nos amparaba todos los días, me senté nuevamente y comencé a recordar ese día en especial, el de tu cumpleaños...
Continuará
Un poco de chancla o zapatilla no estaba de mas
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