jueves, 28 de junio de 2012

Mi Compañera del Colegio


 

Desde el colegio fue la niña perfecta, tuvo las mejores calificaciones de toda la generación, jamás le conocieron algún novio, era de piel blanca, delgada, pelo claro y ojos verdes, completamente hermosa, pero aún así, nunca me atreví a decirle que me gustaba.

Habían pasado 7 años desde nuestra graduación, y allí se encontraba ante mí con una sonrisa encantadora.

- ¿Y qué más has hecho?- No podía responder bien, pasaban muchos recuerdos por mi cabeza, como cuando caminamos de la mano en la gira de estudios jugando a ser mejores amigos, los masajes y caricias que nos dimos en el bus, entre otros.

-Siempre me gustaste- lo dije sin pensar, ya no aguantaba más, pero me arrepentí a las fracciones de segundo de haberlo dicho.

- ¿Qué? ¿Cómo me dices eso?, pololeaste 5 años desde que salimos del colegio. -

No sabía qué hacer, mire un momento al suelo y fui directo a sus labios, comencé a besarla como nunca lo había hecho antes, no sólo se dejó, sino que liberaba el mismo deseo que yo, era la prueba de que también estuvo enamorada de mí, que momento más feliz cuando de pronto volvió en si y me dijo, - estoy de novia –

- Vamos a conversar a mi departamento -, le dije. Era una señal, aceptó. Llegamos, la invité a un trago y nos contamos cosas que nunca habíamos conversado. Me confesó que le gusté por muchos años y le pregunté que por qué no dijo nada, estaríamos juntos en este momento. Ya con más alcohol le conté que todas mis fantasías comenzaron con ella, al ser tan perfecta, nunca cometía ningún error y deseaba que alguien pudiera tener algún motivo para castigarla, regañarla, guiarla, etc. Se quedó callada, miró al suelo y enrojeció. Comenzó a contarme la historia más inesperada, la disciplina en su casa era muy estricta y le exigían ser la mejor siempre, no era algo que la hiciera sentir orgullosa sino liberada de los castigos, estudiaba día y noche para ser la mejor, ahora por motivo de esa disciplina reprobaba muchos ramos y no le motivaba la universidad.

- No es que no me gusten los azotes, pero para mí son algo más que un castigo y que me los propinen mis padres me impide disfrutarlos -. Cuando oí eso sentí la mayor erección de mi vida, ella lo notó, me dijo muchas veces soñé que alguien del colegio me nalgueara, no quería ser la primera, quería que otro fuera el primero y me nalgueara por no serlo yo.

- Dame un solo motivo, y te daré una zurra que no olvidarás en años -.

- Creo que ya tienes los motivos suficientes para castigarme de buena forma -

No podía contenerme en ese momento, estaba completamente colapsado, me invadía una lluvia de sensaciones, sentimientos, emociones y reacciones. Pensaba que había valido la pena esperar tantos años para gozar cada segundo de este preciado momento. Sin más vueltas, asumí el rol más autoritario de mi ser, la tomé del brazo y le dije que hoy iba a ser castigada muy severamente por no haberme dado nunca una señal, por tratar de complacer a sus padres y no seguir sus propias motivaciones, y porque lo había deseado tanto tiempo que tendría que pagar un interés sobre muchos años.

- Tu castigo hoy dependerá exclusivamente de lo obediente que seas -, ya que en el colegio le encantaba llevarme la contra y rebatir todo lo que yo decía, sólo con el objetivo de contradecir y confundirme.

Le ordené primero desabrochar su jeans. Vestía ese día una polera rosada de tiritas que marcaba su busto delicado pero contundente, un delgado chaleco blanco abierto, unos jeans ajustados a su gran trasero y unas zapatillas. Le pedí que, una vez desabrochado su jeans pusiera sus manos tras su nuca y se parara delante mio. Lo hizo lentamente, con una mirada desafiante y muy erótica, atendí su mirada fijamente y no le cedí ni un momento de dominio sobre mí. Con mi mano comencé a acariciar su vientre levantando lentamente la polera y justo al comienzo de sus pechos, me devolví por el mismo camino bajando en zigzag hasta llegar al borde de su ropa interior, deslicé un dedo al interior de manera sutil, y lo alejé de su piel para poder ver en que estado se encontraba su pubis. Como una reacción inmediata a mi iniciativa bajó sus manos y, corriendo las mías, logró que su calzón volviera a su posición inicial. La misma reacción instantánea fue la que tuve yo de darle una palmada en sus manos por bloquear mi acción anterior y le ordené rápidamente a volver a asumir su posición, la giré por la cintura, me levanté del lugar en donde estaba sentado y comencé a darle palmadas alternadamente entre sus nalgas. Le advertí que cada vez que desobedeciera una de las órdenes le arrebataría alguna prenda y le daría una nueva, por lo que se concentró en no quitar las manos de donde se encontraban pero a pesar de su esfuerzo y concentración, no pudo prever que cambiaría la frecuencia de los azotes partiendo por una alternancia de un par de segundos fijos entre uno y otro que se repetían como secuencia, que posteriormente cambiaría a caricias entre las nalgadas que la hacían relajarse y dejar de apretar sus nalgas por lo que se descuidaba y caía una palmada sorpresiva que terminó por causar una reacción involuntaria en ella de cubrirse con su mano.

- Muy bien señorita, creo que las reglas son claras así que ahora debe elegir si se quita sus calzones por su propia voluntad o me veré en la obligación de quitárselos yo. –

Estaba fuera de su personalidad típica, sentía su excitación. Ella no era de relaciones amorosas, pololos ni juegos. En todo el colegio sólo se le vio con una persona y su actual pololo era el segundo en su vida.

Decidió finalmente que sería ella misma la que se quitaría los calzoncitos que traía puestos, llevó sus manos a ellos y comenzó a bajarlos temblorosamente, parecía que nunca había estado desnuda frente a un hombre. Cuando ya había descubierto su pubis y nalgas (aún continuaba bajándolos de a poco) le pregunté si había estado desnuda frente a algún hombre antes, a lo que respondió subiendo su rostro y dejando al descubierto su cara de tez blanca más roja que sus nalgas recién castigadas que no, que era la primera vez. Me acerqué a ella y comprendí que me había saltado un paso muy importante. La tomé con fuerza por su cabeza y espalda, la acerqué a mí y comenzamos a besarnos como se notaba que lo deseábamos desde hace tantos años.

Si quieres lo podemos dejar para otra oportunidad, ya ha sido suficiente por hoy, le dije. No, esto ha sido un sueño cumplido, tantas veces desee que me impusieran autoridad, que me castigaran por las cosas que nunca hice mal, que me regañen y me traten como una adolescente. Muy bien, será un mutuo acuerdo, pero si en algún momento no puedes más, sólo dirás la palabra de seguridad. De acuerdo.

Muy bien, me senté a orilla de la cama, la giré exponiendo su trasero en frente de mi cara, y vi que estaba bastante enrojecido, la giré nuevamente y se tapó su pubis recortado levemente aumentando el rubor de su rostro. Tosió con voz muy ronca, parecía como si un resfrío la acechara. Me levanté, le ordené quedarse de pie con las manos en la nuca, fui en busca de un calefactor y lo encendí en la pieza.

- Debiste decirme que estabas enferma. –

- No es nada, siempre me pasa.

- Para cerciorarnos deberemos tomar tu temperatura. –

A pesar de que insistió en que no era necesario, fui en busca del termómetro y un frasco de vaselina. Me senté en la cama, la puse sobre mis rodillas con su culo bien expuesto y comencé a destapar el frasco de gel. Me preguntó que iba a hacer y le comenté que sería muy irresponsable de mi parte tenerla desnuda si estaba enferma, por lo que tomaría su temperatura. Miró hacia atrás para verme y sonrió como diciendo que estaba feliz de que me preocupara por ella, cuando tomé el termómetro cerró sus ojos y abrió su boca como para recibirlo, pero en vez de eso acomodé su trasero bien alto, separé sus nalgas y comencé a esparcir la vaselina sin apuro por su ano. Sentía como al acercarse mi dedo ella lo apretaba suavemente, sus nalgas estaban duras y no podía emitir palabras por la sorpresa, su rostro casi estallaba de lo rojo que estaba, mi dedo poco a poco iba ingresando en una zona seguramente prohibida, podía sentir su virginidad a pesar de su edad. Quité mi dedo que a los pocos segundos dio paso al termómetro frio que la hizo quejarse con un gemido leve y un reflejo con su mano que fue atrapada tras su espalda para impedir cualquier movimiento, con la otra mano afirmé el termómetro justo en la intersección entre su ano y el aparato utilizado. La visión del termómetro saliendo entre sus nalgas, tenerla ahí a mi disposición, entregada y con expresión de excitación me tenía extasiado. Para aprovechar los minutos que debía esperar antes de que el termómetro hiciera su trabajo, deslicé mi mano entre sus nalgas, bajando lentamente primero con movimientos que se aproximaban a su sexo, que la hacían moverse de manera involuntaria como pidiendo que llegaran a su destino. Mis dedos se acercaban pero no lo suficiente antes de alejarse rápidamente para volver a intentar. Cuando finalmente hice contacto con sus labios, pude percibir que estaban totalmente húmedos, creo que su nivel de excitación sin ser penetrada en ese momento se convertía en su peor castigo. Le pregunté si había tenido relaciones anteriormente y me dijo que sólo un par de veces con su pololo pero que jamás se había sentido así. De pronto le quité el termómetro y comprobé que su temperatura era más alta de lo normal por lo que le ordené que se vistiera rápidamente, pero que no podría irse ese día ya que hacía mucho frío y podría enfermarse de verdad, fui a la farmacia por unos antigripales y le preparé un té. Le ordené recostarse en mi cama y esperar.

Pasó un instante, volví y le pedí que se volteara de cara a la almohada, desabroché su pantalón, lo bajé hasta el comienzo de sus nalgas, corrí su calzón a un lado dejando expuesta las zonas antes exploradas, el color rojo intenso seguía en su trasero pero no tanto como en su cara, le dije que el castigo continuaría mañana cuando bajara la fiebre, pero que esta noche no podría continuar con su sesión, separé sus nalgas, volví a poner vaselina en su ano de forma delicada, pausada y como consuelo por no poder realizar más maniobras esa noche. Saqué las tabletas en versión supositorio que compré en la farmacia y la introduje lentamente hasta que mi dedo estuvo dentro de su agujero por un instante, gemía de gozo y sorpresa cada vez que realizaba algún delicado movimiento. Saqué lentamente mi dedo y apreté sus nalgas un momento para evitar que el remedio se devolviera, la liberé, se giró y volvimos a besarnos apasionadamente.